Aprender a mirar el cultivo: agricultores de Huasco fortalecen el reconocimiento de plagas
Aprender a mirar el cultivo: agricultores de Huasco fortalecen el reconocimiento de plagas
Taller de INIA Intihuasi permitió que productores aprendieran a identificar plagas y momentos adecuados para intervenir sus huertos.
En medio del desierto de Atacama, el cultivo de hortalizas en localidades como Canto del Agua enfrenta el desafío permanente de reconocer qué organismos pueden afectar su producción y cuáles, por el contrario, pueden convertirse en aliados para mantenerla. Con ese objetivo, pequeños agricultores de la comuna de Huasco participaron en un taller de monitoreo de plagas organizado por PRODESAL Huasco y ejecutado por el Instituto de Investigaciones Agropecuarias, INIA Intihuasi, que combinó una instancia teórica con una actividad práctica directamente en el cultivo.
El taller forma parte del trabajo de transferencia y acompañamiento que INIA Intihuasi desarrolla con pequeños agricultores de la Región de Atacama en el marco del programa “Transferencia Tecnológica para Mejorar la Rentabilidad de la Agricultura Familiar Campesina (AFC)” de la Región de Atacama, el cual es financiado por el Gobierno Regional de Atacama.
La iniciativa busca entregar herramientas para reconocer las principales plagas presentes en los cultivos y así identificar sus enemigos naturales y comprender cómo y cuándo realizar un monitoreo. La capacitación también abordó la importancia de determinar en qué momento es necesario intervenir y cuándo no corresponde hacerlo.
La profesional de INIA Intihuasi, Carla Marín, explicó que la actividad comenzó con una presentación sobre qué es el monitoreo, cómo se realiza, cuáles son las herramientas disponibles y qué plagas pueden encontrarse principalmente en el cultivo de tomate. Luego, los agricultores recibieron lupas para observar directamente las plantas y poner en práctica lo aprendido.
Fue precisamente en esa observación en terreno donde los participantes lograron encontrar larvas de la polilla del tomate (Tuta absoluta), transformando los contenidos de la capacitación en una experiencia concreta.
Más que detectar simplemente la presencia de un insecto, el monitoreo permite conocer qué plaga está presente, dónde se encuentra, en qué cantidad y cuál es el nivel de daño que está provocando. Con estos antecedentes es posible identificar tendencias en el tiempo y definir dónde y cuándo intervenir, evitando aplicaciones innecesarias y mejorando la eficiencia del manejo fitosanitario.
En este sentido, el investigador de INIA Intihuasi, Alejandro Layana, destacó la importancia de que los agricultores puedan reconocer las plagas antes de definir las estrategias de control. “No se puede manejar adecuadamente lo que no se conoce. Muchas veces, los agricultores aplican un insecticida sin saber realmente cuál es el nivel de la plaga ni si su población justifica una intervención”, explicó.
El investigador agregó que el monitoreo también permite reconocer los enemigos naturales presentes en el cultivo y tomar decisiones oportunas. “El monitoreo es fundamental, ya que permite intervenir solo cuando es necesario y, cuando se requiere una aplicación, escoger productos más selectivos que sean compatibles con los enemigos naturales”, señaló.
Distintas formas de monitorear el cultivo
Durante la jornada también se abordaron distintas metodologías de monitoreo. Entre ellas se encuentra el monitoreo dirigido, que considera grupos de plantas marcadas y distribuidas de manera homogénea, y el monitoreo al azar, basado en la selección de plantas, hojas o sectores de manera aleatoria.
En el caso del cultivo de tomate, una de las metodologías consiste en la revisión de entre 10 y 20 ejes por techo productivo, registrando la presencia de huevos y galerías activas en las hojas. De esta manera, el seguimiento permite conocer no solo qué plaga está presente, sino también su distribución y evolución dentro del cultivo.
Entre las herramientas revisadas se encuentran las trampas cromáticas y las trampas de feromonas. En el caso de Trialeurodes vaporariorum, se utilizan trampas cromáticas, estableciendo como referencia una trampa cada 100 metros cuadrados. Con respecto a Tuta absoluta, se contempla el uso de trampas de feromonas, recomendando una trampa cada 2.500 metros cuadrados y realizar el monitoreo cada siete o 15 días, registrando los adultos capturados y determinando el número de capturas diarias.
Las recomendaciones también consideran la ubicación de las trampas. Para las trampas cromáticas se plantea su instalación cerca de puertas y aberturas de ventilación lateral y cenital, a una altura superior a 30 centímetros sobre el cultivo. En el caso de Tuta absoluta, las trampas negras se ubican entre 15 y 25 centímetros del suelo para plantas jóvenes y a 50 centímetros para plantas maduras.
El monitoreo también permite establecer umbrales de acción que ayudan a determinar cuándo corresponde tomar medidas de control. Para la mosquita blanca, se considera como referencia entre tres y cinco ninfas por hoja o 10 adultos por trampa amarilla al día. En el caso de la polilla del tomate, se establece como referencia entre tres y cinco adultos por trampa de feromonas al día o cuando entre un 10% y 15% de los foliolos presenten larvas o galerías activas.
Estos indicadores permiten evaluar el nivel de presencia de una plaga antes de tomar una decisión de manejo, favoreciendo acciones basadas en información obtenida directamente desde el cultivo.
El proceso también pone atención en aquellos organismos que pueden contribuir al control de las plagas. Entre los enemigos naturales asociados al tomate se encuentran Encarsia formosa, Tupiocoris cucurbitaceus, Chrysoperla defreitasi y Trichogramma nerudai, especies que forman parte del contenido abordado durante la capacitación.
En el caso de la mosquita blanca, se abordó el rol de Encarsia formosa, mientras que Trichogramma nerudai se presenta como enemigo natural de la polilla del tomate. También se identificaron organismos depredadores como Tupiocoris cucurbitaceus y especies de crisópidos, que pueden contribuir al control de distintas plagas presentes en los cultivos.
Para Danisa Guzmán, agricultora de Canto del Agua y propietaria del predio donde se encuentra la Unidad de Validación (UVAL) de la iniciativa de entomología de INIA Intihuasi, uno de los principales aprendizajes ha sido precisamente diferenciar entre aquellos insectos que pueden afectar los cultivos y los que cumplen una función beneficiosa.
“Ha sido una clase muy bonita porque ha dejado a los agricultores con un conocimiento mayor, para que ellos puedan aplicarlo en sus predios y sepan distinguir qué bichito es benéfico y cuál no”, destacó.
Asimismo, Guzmán valoró el apoyo recibido, destacando que “desde mi parte y de parte de mi familia, le agradecemos al Gobierno Regional de Atacama, porque son ellos quienes ayudan a que estos proyectos se puedan realizar y que nosotros, los pequeños agricultores, podamos ser beneficiarios y seguir haciendo patria acá, en medio del desierto”.
El aprendizaje se ha incorporado a un trabajo de seguimiento que se desarrolla de manera permanente en el predio. Guzmán explicó que actualmente realizan monitoreos de los tomates cada siete días, mientras que para las frutillas dejan un margen de quince días.
A este trabajo se suma la implementación de corredores biológicos, que buscan favorecer la presencia de insectos benéficos como parte de las estrategias de manejo. Para la agricultora, esta forma de trabajar ha significado avanzar hacia una producción que reduzca el uso de productos químicos y, al mismo tiempo, considere el cuidado de las personas y del entorno.
El enfoque está directamente relacionado con los principios del Manejo Integrado de Plagas (MIP), que plantea una secuencia para el proceso de monitoreo que comienza con observar, registrar, comparar, decidir y evaluar. De esta manera, el seguimiento permite comparar los resultados antes y después de una intervención y respaldar las decisiones de manejo con información del propio huerto.
Guzmán destaca que el trabajo no solo tiene efectos sobre el manejo productivo, sino también sobre la forma en que su familia entiende el lugar donde cultivan. “Nosotros tenemos que cuidar nuestra salud y cuidar la salud de las personas a las que les estamos vendiendo los productos. Para tener una mejor calidad de vida y también tener un ambiente más limpio y sano”.
La productora destacó que en las labores del predio participa toda su familia, una dinámica que constituye una de las características propias de la Agricultura Familiar Campesina. Junto a su esposo, hija y yerno, desarrolla el cultivo de tomates y frutillas, productos que posteriormente son adquiridos por habitantes de la zona. Según relató, la calidad de la producción constituye uno de los elementos que los consumidores valoran al comprar directamente en el sector. “La gente viene a comprar todo lo que se cultiva acá, los tomates, las frutillas. ¿Por qué? Porque son de buena calidad. Y lo mejor es que son naturales. Porque eso es lo que estamos buscando, producir de una manera más natural, sin utilizar químicos”.
Para la agricultora, además, esta forma de producir conecta con conocimientos que forman parte de la historia de su familia y del territorio. Su abuela, recordó, no utilizaba productos químicos y recurría a alternativas como el guano, la ceniza y el azufre para el cuidado de los árboles.
Sobre los objetivos de este trabajo, Layana explicó que se busca que el control biológico sea una herramienta para la Agricultura Familiar Campesina. “Queremos acompañar a los agricultores en la transición hacia sistemas productivos más sostenibles, reduciendo progresivamente el uso de insecticidas de síntesis y reemplazándolos, cuando es posible, por enemigos naturales”, indicó.
El investigador señaló que este proceso también busca que los agricultores puedan tomar decisiones con información obtenida directamente de sus predios, lo que puede ayudar a reducir manejos innecesarios, además de los costos asociados al manejo de las plagas.
La iniciativa entrega conocimientos y herramientas para que, en este caso, el monitoreo pueda incorporarse como una práctica habitual dentro del manejo de los cultivos. La finalidad es que las decisiones frente a las plagas se basen en la observación y el registro del propio predio, permitiendo intervenir cuando realmente sea necesario.








